EUROPA POSTBELICA Y AFRICA: LECCIONES DE UNA EPICA DEL ESFUERZO

Quienes hemos leído libros acerca del llamado “milagro alemán”, sabemos que no fue ningún hecho azaroso. Observando las páginas descritas con genuina sensibilidad no propia de un economista, de cualquier obra de Ludwig Wilhelm Erhard, quien fuera “el padre de la Economía Social de Mercado”, como Ministro de Economía de Alemania Occidental entre 1949 y 1963, podemos tomar conciencia de que tal proceso que condujo a Alemania hacia el desarrollo en poco tiempo, tras haber sido dos veces humillada en guerras mundiales, demandó un enorme sacrificio -inicial y transitorio- de la sociedad.

Así como fue posible obtener resultados más que positivos de aquel itinerario, a través de la vía capitalista, lo mismo podemos decir del país que eligió el otro camino, el socialista: la ex URSS. Si bien el resultado final en 1992, estaba lejos de haber consagrado el mismo nivel de vida de las naciones desarrolladas y el costo humano fue enorme, nuevamente, no podemos ignorarlo. Hubo un monumental esfuerzo personal y colectivo, para emerger de la debacle de la guerra, aún habiendo ganado y luego, tras la muerte de Stalin, para industrializar y alfabetizar un territorio imperial de enorme magnitud. Al encono de las mujeres soviéticas cavando trincheras en los alrededores de Moscú, para bloquear a los nazis o a su solidaridad para atender como enfermeras, a los heridos, en el metro de la capital, le siguió un período, donde escaseaban los víveres, la gente comía el marco de madera de los cuadros o los usaba para hacer fuego y a posteriori, tuvo que dedicarse a reconstruir el desastre heredado.

Por su carácter afluente, la sociedad argentina no tiene ninguna noción de dichas transformaciones y la cuantía y significado de sacrificio que demandaron. Familias destrozadas; parientes que escaparon y no volvieron jamás; otros que tuvieron que hacerse cargo de hijos que no tuvieron; numerosos huérfanos; millones sin hogar;  una enorme culpa moral colectiva disimulada en el caso de quienes se sintieron ganadores; emociones peligrosas como la venganza; violaciones de mujeres; enfermedades como el tifus, la difteria y la disentería, etc. En Alemania, podríamos sumar a Japón y en la ex URSS y toda Europa Oriental, no sólo hubo destrucción material, producto de la guerra. No sólo hubo hambre  temporal. El tejido moral de la sociedad también estaba hecho añicos. Más allá de la libertad con la que salieron los primeros y la dominación y control con la que emergieron los segundos, insisto, con resultados diferentes que ya conocemos, no hubo indiferencia alguna, no hubo deserción individual, no hubo posibilidad de escapar del compromiso societal. Se pudo salir del marasmo, porque todos, los que sobrevivieron, en mayor o menor medida, se sintieron parte de un proyecto común y colectivo. El mal los había igualado a todos. No había excusas para identificar políticos corruptos o “ladrones” y poblaciones cómplices.

Pero para no creer que hay que remontarse solamente a la sangrienta etapa belicista de Europa de mediados del siglo XX, esta última semana, tuve dos encuentros con el mundo africano contemporáneo que me motivan a reflexionar en la misma línea, siempre con la idea de llamar la atención a los argentinos, de lo tan poco habituados e ignorantes que son, respecto a aquellos brutales costos, además de contar por ejemplo, con el triste privilegio de ostentar el tercer puesto mundial en feriados anuales, indicador demostrativo de la escasa laboriosidad que existe aquí.

Uno, haber visto, la película “La reina de Katwe” (2016), que difundiera Disney, al conocer que su protagonista real, Phiona Mutesi, vendrá a Córdoba en julio próximo. Se trata de una niña ugandesa que hace 11 años -con 12 cumplidos-, habiendo crecido -sin padre, que murió de SIDA-, en uno de los barrios más pobres de Kampala (la capital), sin haber tenido educación formal alguna y habiendo vivido con carencias como alojarse en una iglesia cristiana -sin techo-, o ir a buscar todos los días, un par de baldes de agua o, vender junto a su hermano varón, pescado o mandioca, aprendió a jugar al ajedrez en una escuelita cristiana con paredes de madera y piso de tierra, para arribar en poco tiempo, a la máxima cumbre del deporte-ciencia de su país y de su continente, a nivel olímpico, ya en su adolescencia. Phiona había ingresado a la escuela de ajedrez, sólo interesada en alimentarse, porque el abnegado profesor Robert Katende, ex futbolista, les ofrecía de comer a los niños y niñas, a cambio del aprendizaje del juego.

Ver la película me hizo reflexionar, cómo esos niños ugandeses se criaron con todo en contra y lograron sobresalir a pesar de todo. Phiona, quien además, quiso estudiar Abogacía en la Universidad y hoy está becada en Estados Unidos, había desafiado el destino inexorable para casi toda mujer ugandesa a su edad -ser madre joven o prostituta-. Fue su elección individual, porque si hay algo que enseña Africa, a diferencia de los casos europeos expuestos anteriormente, tales sacrificios son individuales, no colectivos y ello explica por qué el continente, a pesar de haber crecido más que América Latina en la última década, sigue lejos del umbral del desarrollo.

El otro ejemplo, lo tuve compartiendo apenas unos días, con el maratonista Julius Rono, un kenyata, que tras vivir en Sao Paulo (Brasil) y Cochabamba (Bolivia), en 2008 se vino a vivir a Argentina, donde se radicó en la localidad bonaerense de Laprida, la misma en donde nació la Vicepresidente de la Nación, Gabriela Michetti. También Julius me contó su historia personal, habiendo nacido en Kapsabet, al oeste de Kenia, en el seno de la tribu de los Kalengin, en una familia de muchos hermanos y, aprendiendo a correr todos los días 14 kilómetros (7 de ida y 7 de vuelta), para asistir al colegio, so pena de castigo por parte de sus maestros, si llegaba tarde. Habiendo sufrido malaria dos veces antes de los 7 años, desde pequeño, yendo igual que la citada Phiona, a buscar agua potable cada dos o tres días, durmiendo en el piso con sus hermanitos, compartiendo con ellos, la comida (apenas una banana y un durazno) y, hoy, ya convertido en un exitoso corredor, azorado de ver la abundante carne argentina en los asados, como suelen cocinarse aquí. Rono, otro bastión humano de “la fortaleza del no tener”, me ratificó: “los argentinos no tienen ninguna noción de lo que es la pobreza, que termina siendo aquí, un chiste”. Eso explica la falta de vocación, propensión y hábito de nuestra sociedad a tolerar márgenes de sacrificio que los africanos todavía hasta hoy y los europeos de la postguerra, viven y vivieron día tras día, durante años.

Para colmo de males, si los propios funcionarios y legisladores afines a un gobierno que ahora predica “consumir menos energía”, no son copartícipes de esa filosofía de la austeridad, al no dar el mínimo ejemplo de ella, consumiendo aviones, choferes, alfajores y hasta defienden en TV, que sus salarios debieran triplicarse, aumentando la brecha ya existente con el ciudadano común, es lógico que éste razone muy lejos del valor del esfuerzo y se dedique a “transitar la vida de la forma más ligera o liviana posible”, como afirma el filósofo francés Gilles Lipovetsky.

Esta dificultad comprensiva que encuentran los argentinos, tiene un enorme agravante: mientras no se entienda, será casi imposible que nuestro pueblo, desde los empresarios y comerciantes, pasando por su acomodaticia clase media y los que aquí se denominan “pobres”, estén dispuestos a tolerar ajustes de la magnitud que debe hacer el país, si quiere para hacer viable la expectativa de desarrollo postergado con la productividad laboral necesaria para plasmarla. Aunque Argentina cuente con tantos o más héroes individuales del esfuerzo, trabajo y enjundia diarios, que las Phiona o los Julius de Africa, todavía falta que toda la sociedad los asuma como ejemplos a imitar de modo colectivo y deje de emular por el contrario, a los pícaros rapaces que enseñan cómo consumir con liviandad los recursos públicos, a costa del resto.

Porque en última instancia, como decía el propio Erhard, “no existen los milagros”. A continuación, finalizaba su frase: “los que parecen milagros son los resultados de una política consecuente y los esfuerzos de un pueblo entero” y yo agrego, “el coraje cívico de sus ciudadanos”.

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva. http://consultoriayanalisisrrii.blogspot.com.ar/ https://twitter.com/marceloomontes
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