EUROPA POSTBELICA Y AFRICA: LECCIONES DE UNA EPICA DEL ESFUERZO

Quienes hemos leído libros acerca del llamado “milagro alemán”, sabemos que no fue ningún hecho azaroso. Observando las páginas descritas con genuina sensibilidad no propia de un economista, de cualquier obra de Ludwig Wilhelm Erhard, quien fuera “el padre de la Economía Social de Mercado”, como Ministro de Economía de Alemania Occidental entre 1949 y 1963, podemos tomar conciencia de que tal proceso que condujo a Alemania hacia el desarrollo en poco tiempo, tras haber sido dos veces humillada en guerras mundiales, demandó un enorme sacrificio -inicial y transitorio- de la sociedad.

Así como fue posible obtener resultados más que positivos de aquel itinerario, a través de la vía capitalista, lo mismo podemos decir del país que eligió el otro camino, el socialista: la ex URSS. Si bien el resultado final en 1992, estaba lejos de haber consagrado el mismo nivel de vida de las naciones desarrolladas y el costo humano fue enorme, nuevamente, no podemos ignorarlo. Hubo un monumental esfuerzo personal y colectivo, para emerger de la debacle de la guerra, aún habiendo ganado y luego, tras la muerte de Stalin, para industrializar y alfabetizar un territorio imperial de enorme magnitud. Al encono de las mujeres soviéticas cavando trincheras en los alrededores de Moscú, para bloquear a los nazis o a su solidaridad para atender como enfermeras, a los heridos, en el metro de la capital, le siguió un período, donde escaseaban los víveres, la gente comía el marco de madera de los cuadros o los usaba para hacer fuego y a posteriori, tuvo que dedicarse a reconstruir el desastre heredado.

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LA PRINCESA INDIA “CIVILIZADA”

Los actuales son tiempos de xenofobia y de rechazo a otras identidades que no sean las nuestras, aunque paradójicamente, estemos en medio de un proceso globalizador de magnitud. Sin embargo, que se encuentren dos personas de sendos mundos absolutamente diferentes, puedan entenderse y hasta enamorarse, es aún posible. Lo era también hace cuatro siglos atrás y sin mediar Internet, smartphones ni aviones.

La historia de Pocahontas, la princesa india, llevada al cine por Walt Disney y que no marcó mi infancia pero sí la de mi hija mayor, demuestra lo descrito. En efecto, ella falleció hace exactamente 400 años, en alta mar, cuando volvía de Inglaterra, culminando así, una vida, que no fue feliz, como solían mostrar los protagonistas de los cuentos de hadas.

Nacida en 1595, en el seno de la tribu tsenacommacah, perteneciente a la confederación algonquina, su verdadero nombre era Matoaka, que significa en su idioma tribal, “divertida o traviesa”. Su padre era el jefe de la tribu, Powhatan, en el contexto de unas 15.000 almas paganas, que vivían “felices”, gracias al maíz y el tabaco.

En abril de 1607, conoció a un colono inglés -instalado en la ciudad de Jamestown-, el capitán John Smith, a quien aparentemente la niña india, salvó la vida, cuando estaba por ser condenado a muerte por los miembros de su tribu. Más allá de este evento particular, cuya verdadera naturaleza, aún hoy, es materia de controversia, Smith trascendió enormemente y hasta la historia de Disney, recrea una novela de amor con la princesa india, que estuvo lejos de plasmarse en la realidad.

Es cierto que Smith volvió a Inglaterra, para reponerse de una herida de pólvora, mientras indios y colonos empezaron a intercambiar bienes y convivir en una cierta armonía en ese rincón de lo que hoy sería el Estado de Virginia. Es fácil deducir que los ingleses le mintieron a la india respecto al capitán, diciéndole que había muerto en la travesía, con el fin de que lo olvide, considerando la enorme diferencia de edad.

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