COLOMBIA: EL “PARAISO PERDIDO” POR PABLO ESCOBAR (Y VARIOS MAS)

Es un país al que no conozco, pero por las fotos y videos público, compruebo sus hermosas playas, su frondosa vegetación andina, su maravilloso sol. Sí, se trata de un verdadero paraíso. Sin embargo, Colombia ha teñido su tierra e historia reciente con sangre, en un grado notoriamente superior, excepto México, al del resto de una convulsionada Latinoamérica.

Al período llamado “La Violencia” (1946-1958), signado por la cuai guerra civil entre conservadores y liberales, sobrevino la guerrilla, la más antigua de la región, incluso anterior al castrismo, con las FARC, el ELN y el M19; le siguió la protección de los hacendados vía las “Autodefensas”, o sea, escuadrones paramilitares; finalmente, los narcotraficantes, con sus cárteles y sus sicarios (asesinos pagos). Demasiado flagelo social para un país qu además no deja de tener pobreza, desigualdad, subdesarrollo, como todo latinoamericano.

El narcotráfico, ya desde los años setenta, impregnó con su negritud monetaria y crímenes, la política colombiana. Los Cárteles de Medellín y Cali, con los Escobar Gaviria, los Ochoa y Rodríguez Orejuela, sostuvieron alcaldes, concejales, jueces, policías y hasta llegaron al Congreso nacional, ocupando bancas. Como toda mafia, llevaba adelante su poderoso negocio, extorsionando, sobornando, robando, saboteando, secuestrando, atentando, asesinando: los peores delitos para jaquear al propio Estado. En una primera etapa, lo haría de manera solitaria. En una segunda, ya se aliaría con la guerrilla y hasta tendría tentáculos con otros Estados: la Nicaragua sandinista, la Panamá de Noriega, la México del PRI, la Venezuela chavista, etc.

Pablo Escobar Gaviria, el narco más famoso, aunque hoy ya su poder sea objeto de novelas y películas, llegó a sr diputado por el Partido Alternativa Liberal. Tuvo protección política intitucional. Cuando Rodrigo Lara Bonilla, Ministro de Justicia de Belisario Betancur en 1984, osó desafiarlo y perseguirlo en nombre de una guerra unilateral declarada contra el narco y los Cárteles, lo pagó con su vida. Escobar Gaviria se manejaba con total impunidad: protegido por el luego Presidente Ernesto Samper, entraba y salía de la cárcel cada vez que le convenía y hasta dirigía su negocio detrás de las rejas.

Pero lo peor de semejante personaje, no fue su protección institucional, sino la social: el amparo, la complicidad, el silencio de muchos colombianos, a pesar de sus evidentes crímenes. Era muy familiero -a pesar de que sería entregado y traicionado por parte de sus parientes más cercanos-, realizaba obras de caridad por doquier, promovía el fútbol y hasta era un ferviente católico -la Iglesia mediaba en sus “entregas” a prisión-. Pero cuidado, en Escobar Gaviria, como en el 1 % de la población mundial, había una conducta psicopática. El era conciente de su vocación “robinhoodesca”, genuinamente era de corazón latino pero también disfrutaba, gozaba, matando a sus enemigos, sin tener remordimiento alguno por sus fechorías.

Este es el costo de la existencia de Pablo Escobar Gaviria en Colombia: un listado de sus atentados, magnicidios (llegó a derribar un avión de Avianca) y sus víctimas.  Claro, muchos años después, tras una a dos décadas, aparecen sus sicarios arrodillándose ante su tumba, sus amantes, sus prostitutas, sus hijos.  Son objeto de entrevistas, aportan datos inéditos, declaran en la justicia, se rasgan las vestiduras en la cloacal TV de Miami, hasta piden perdón. Como Escobar se ha convertido en un producto, las editoriales siempre están listas a publicar sus memorias, Hollywood dispuesta a filmarlas y hasta los latinoamericanos consumen embobados sus historias, creyendo en la supuesta vida glamorosa de los narcos. Los jóvenes de hoy, creen que “el Patrón del Mal” era simplemente un “Che Guevara” de camisa floreada y pantalón blanco. Ahora bien, yo me pregunto, cómo existe tanto cinismo en este mundo? tanta vulgar hipocresía? es tan fácil “arrepentirse” de tales monstruosidades? Y sus víctimas? Se puede perdonar, en nombre de la reconciliación nacional, semejante podredumbre? dónde están ahora los colombianos que les agradecían sus obras de “caridad”y lo aplaudían en Envigado? sus amigos y conocidos que se fotografiaban en sus fiestas de la Hacienda Nápoles? los sacerdotes que le confesaban sus pecados y aducían que su ayuda social no era corrupción porque venía de Dios? los periodistas que le hacían notas exclusivas? Me pregunto una y otra vez, no sólo por la impunidad oficial, sino, sobre todo, por la complicidad social. Sin ella, Escobar tal vez, hubiera sido otro campesino más de la tierra de los cafetales.

Claro, me sorprendo porque según parece los latinoamericanos no aprendemos de nuestros errores. Vi la película “Escobar: paraíso perdido” (2014), que tiene a diferencia de las muchas otras obras cinematográficas y series que se han hecho sobre el “capomafia, la originalidad de que su protagonista es secundario (Benicio del Toro) y la historia ficticia de un joven hippie y surfista canadiense que viaja a Colombia deslumbrado por sus playas, acampa con su hermano y su novia y se involucra con Escobar, al enamorarse de la sobrina del jefe narco. Entonces, claro, es una mirada desde adentro del Cártel, desde adentro de la personalidad de Escobar y obviamente, desde la visión norteamericana: la figura del turista angelical que se introduce sin intención en ese submundo “latinoamericano” y queda entrampado en él.

Me sorprendo porque en las redes sociales, que son verdaderas encuestas online, los comentarios de la gente, mayoría de colombianos, hacían hincapié en cuestiones nacionalistas (descalificando a actores mexicanos o americanos y no colombianos) o antiimperialistas (criticando la supuesta inocencia de los nortamericanos, a pesar de que el protagonista era canadiense). Claro que Estados Unidos tiene una enorme complicidad con el negocio de los narcos, porque es el mercador consumidor más grande y de cada vez más temprana edad y que hasta que no disminuya su consumo, con buenas políticas pública domésticas y no con carísimas e ineficaces “guerras a las drogas”, el problema no tendrá solución. Además, nunca queda demasiado claro en esas luchas globales contra “amenazas” situadas en suelo latinoamericano, el papel de agencias como la DEA y la CIA, que no pocas veces, lejos de combatir, hasta cobijan a parte de esas redes. 

Pero el tema es que los colombianos siguen mirando “la paja en el ojo ajeno”, evitando ver “la viga en el propio”. Así como nadie obligó a Escobar a optar por el camino del mal, siendo un tipo talentoso hasta para la música, nadie presionó a la sociedad colombiana a ser cómplice de su violencia a cambio de caridad social. Como bien afirma su propio hijo  (Juan Pablo), quien vive en Argentina, los narcotraficantes no tienen nada de épico: generan montañas de riqueza para financiar sus entierros: “no conozco narcos jubilados”, subraya en una entrevista televisiva.

Que la vida tenga un precio tan bajo en Latinoamérica, la región más desigual y más violenta del mundo -no la más bélica- es algo de lo que tenemos que responsabilizarnos los latinoamericanos en general.

Ojalá Colombia, hoy dividida nuevamente entre dos opciones falsas, la neoruibista de Iván Duque y la ex guerrillera de Gustavo Petro, alcance la paz definitiva, pero haciendo una profunda introspección que le evite por fin, caer en las viejas trampas. No basta con predicar una “Colombia más humana”: hay que hacerla.

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva. http://consultoriayanalisisrrii.blogspot.com.ar/ https://twitter.com/marceloomontes
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