LA PC, 40 AÑOS DESPUES

Sería impensado vivir hoy sin ella. Nos acompaña las 24 horas del día, los 365 días del año. Cada vez que fallan y no funcionan, podemos soportar no tener una heladera, incluso una cama, pero difícilmente, nuestra vida sea la misma, careciendo de una microcomputadora.  Cuando ésta se creó, su impacto fue equiparable al descubrimiento de América, la imprenta, la electricidad o la aviación. Mi novia Ekaterina, no es una Millennial pero está socializada y es devota de las Nuevas Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (NTICs), por lo que podría soportar la ausencia de su celular pero no la de su notebook.

Hace 40 años atrás, no existían. Precisamente, en ese momento, empezó a venderse el primer producto de una industria que generaría miles de compañías entre las que actualmente ocupan los primeros cuatro puestos entre las mejor valuadas del mundo. La salida a la Bolsa de la empresa que la gestó en 1980, fue la más exitosa desde la de Ford, 24 años antes.Una industria que le otorgaría un inmenso poder decisorio al ciudadano común, vis a vis, gobiernos y grandes corporaciones. Una industria que posibilitaría el advenimiento de la mayor ola de democratización de la historia, Internet. Hace 4 décadas empezaba a venderse la Apple II. Esto fue posible, gracias a Steve Jobs pero sobre todo, al menos conocido Steve “Woz” Wozniak.

Una refutación clara de aquella expresión por la cual, el hombre nunca llega tan lejos, como cuando no se propone hacerlo ex professo. A los 26 años, Wozniak había cumplido con el desafío que se propuso en la infancia, cuando su padre le había dicho que no podría tener una computadora, porque una computadora costaba tanto como una casa. En esa oportunidad, Woz le contestó a su papá que “si no podía comprarla, entonces la construiría”.

Antes de Wozniak, una cosa era la computadora y otra muy diferente -y sumamente costosa-, los dispositivos para ingresar datos y para mostrar los resultados del cómputo. La innovación de Wozniak fue integrar a la computadora, las interfaces de entrada y salida de datos. Es decir, logró que la notebook tenga pantalla y teclado y, que el smartphone y la tablet poseerán una pantalla táctil -que servirá como display, teclado y dispositivo apuntador-.

La integración de la entrada y salida de datos no fue lo único revolucionario en la Apple II. Superando a la TRS-80 de Tandy Corporation y la PET 2001, de Commodore, su pantalla, por ejemplo, era capaz de mostrar colores, algo insólito para la época; su hardware era expansible, otro concepto por completo inédito en un equipo doméstico, y el usuario podía programarla mediante un lenguaje muy sencillo. Era, en pocas palabras, una computadora personal completa, que servía para escribir o llevar hojas de cálculo, y que se vendía ya armada, no como un kit de piezas que el cliente debía ensamblar. Se vendería como líder de su rubro durante 11 años consecutivos.

Así, Apple, una PyMe de alrededor de 12 empleados, forzó a IBM, un coloso de 400.000 personas ocupadas, a entrar en el negocio de las computadoras personales no lo que no haría sino catalizar la revolución digital. Es claro: el mundo puede cambiarse con una simple idea. Una idea que, como muchas antes en la historia, al principio sonó ridícula: “una computadora de unos pocos miles de dólares -por entonces, costaban millones- que le sirviera a las personas comunes y que hasta un chico de 9 años pudiera programar”. Semejante revolución tiene otros padres lejanos en el tiempo como John Von Neumann y Alan Turing pero también otros más cercanos como Vinton Cerf, Ray Tomlinson, Tim Berners-Lee y el propio Steve Jobs. Con el propio Jobs y no en un garage de su casa, como la leyenda lo hizo creer a millones, Wozniak, desafió a la bibliografía existente respecto a cómo convertir datos en color en un televisor, pensó en soluciones digitales, en lugar de analógicas  y se le ocurrió una idea que era de costo cero. Se dio  cuenta de que los datos, los números mismos, eran color para un televisor. Si ponía un número en la entrada de video, el televisor pensaría que era un color. Wozniak terminaría sentando así las bases de una de las industrias más ricas y poderosas de la actualidad, la de los videojuegos, que siguen siendo programas, es decir, software.

“El garaje nunca existió, éramos nosotros con Steve”. Pero “reconozco que es mucho mejor historia la de dos chicos en un garaje”. “Cuando empiezas sin un dólar, tienes que usar lo que tienes: tu casa, cualquier cosa, lo que sea, por ahorrar dinero”. Todo ello lo subrayaría Wozniak en sucesivas entrevistas.

Simplicidad, accesibilidad a una persona normal, sin necesidad de ser un programador, la posibilidad de expandir la Apple II haciendo que cada usuario sea el amo de la máquina y no al revés, todo ello redundó en favor del negocio de Apple pero la principal motivación de Wozniak y Jobs fue la de contribuir al avance de la sociedad en áreas como las comunicaciones, la educación y las soluciones de programación. Ocurrieron muchas otras situaciones desde entonces.

IBM tardaría cuatro años en sacar su modelo 5150, mejor conocido como IBM/PC o PC a secas. Ese mismo año, luego de un horrible accidente al despegar con su avión privado, Wozniak se retiraría de Apple porque ya no disfrutaba del ambiente corporativo que empezaba a respirarse en el lugar. La Apple III, diseñada por un comité, fue un fracaso. Como cualquier cosa diseñada por un comité. La MacIntosh, la niña mimada -linda, pero limitada- de Steve Jobs, no terminaba de despegar, aún cuando contenía muchas de las claves del futuro. Tampoco Lisa -la primera computadora comercial con interfaz gráfica y mouse- había funcionado. Era demasiado cara. A Jobs lo echarían de Apple en 1985. La compañía entraría en una espiral descendente que la pondría al borde del quebranto, una década más tarde. Hoy ha vuelto a la cima, desplazando de la escena a sus enemigos de antaño, IBM y Microsoft, aunque se enfrenta con rivales que por entonces ni siquiera existían, como Google y Facebook.

Respecto a Steve Jobs, su vida y discursos son mucho más famosos que los de Wozniak. “Yo quería que todo el mundo pudiera construir su ordenador por 300 dólares, pero Steve no estaba ni siquiera en eso. Lo que él quería era construir una parte de un ordenador por 20 dólares y venderla por 30. Era el hombre de negocios. Quería hacer dinero”. Así Wozniak solía hablar del ya difunto Jobs.

La película de su mismo nombre, refleja muy bien su biografía, en su faceta humana, menos conocida. Detrás del exitoso emprendedor, había una persona común, falible.

Todos conocen al Jobs exitoso, al emprendedor nato, al fundador de Apple, al docente gerencial, sus máximas sobre la vida, la pasión para experimentarla y su pasaje luminoso por esta Tierra.

Pero este film de Danny Boyle que posiciona al alemán Fassbender y la británica Winslet (para mí, hoy, la mejor actriz del momento, muy lejos de aquella de Titanic), como candidatos a mejor actuación en los Oscars del domingo 28 de febrero de 2016, sobresale por mostrar la faceta más desconocida (y triste) del genio.

Autorrotulado como un “director de orquesta”, un tanto narcisista y megalómano, respaldado por una leal Joanna Hoffman, la inmigrante polaca, este Jobs se presenta como un hijo adoptado dos veces, que nunca pudo superar tal estigma; con una hija, Lisa, a la que no quiso reconocer inicialmente; con un socio y amigo como Steve Wozniak, cuyo perfil y filosofía de vida y empresaria eran muy diferentes a las suyas; con un “mecenas” como John Scully, el ex directivo de la Pepsi que lo patrocinó en sus comienzos de Apple pero que también sufrió en parte, su ingratitud. 

Un Jobs humano, real, imperfecto, con miserias, con traumas, con debilidades como cualquiera de nosotros, que necesitaba tener todo el control porque no aceptaba haber sido abandonado y rechazado desde su nacimiento. Si pueden ver la película, vale la pena.

Mi pregunta final de este artículo, hubieran sido posibles los  Jobs y los Wozniak en la ex URSS, o Alemania del Este o Cuba o Vietnam? Lo dudo. Y ese factor diferenciador, el institucional, que permite que florezcan ese tipo de talentos, donde hay estímulo a la creatividad vía normativas y reglas estables, es el que me permite seguir admirando aquél Estados Unidos de los años setenta y ochenta, no éste de Trump, que parece caminar en sentido opuesto.

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva.
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