Como ya saben, soy un gran admirador del multipremiado actor danés Mads Mikkelsen, no sólo por sus condiciones artísticas sino sobre todo, porque elige muy buenos guiones. En el fatídico 2023, me perdí una de sus últimas películas, que ahora recién veo, «El bastardo», o también conocida por estas tierras, como «La Tierra Prometida».

Otra vez, para demostrar que los límites temporales entre feudalismo y capitalismo son relativos aún en Dinamarca, no sólo en Asia, Africa o Rusia, un ex militar e hijo de terrateniente, como Ludwig Kahlen, personificado por Mikkelsen, se embarca en una ambiciosa, desafiante pero hasta caprichosa aventura en aras de recuperar honor y status social, de colonizar en los páramos áridos de la lejana Península de Jutlandia. Creyendo que son tierras que pertenecen al Rey danés, ignora que en realidad su dueño es un tal Frederik De Schinkel, otro señor feudal déspota y más caprichoso que él.

Toda la película describe lo azarosa y fatalmente costosa que le implica desarrollar tal aventura, donde todo, incluyendo amoríos y compasiones se desmadran, aún con la presencia divina, invocada de modo recurrente y mediada por el cura Anton, tras lo cual, podemos darle la razón al malvado De Schinkel, cuando dijo «nada en esta vida tiene tu control por lo que disfrutala apenas compruebes lo insignificante que es».
Para quitarle el pérfido tono, sólo agregaría «ante los ojos de Dios que nos creó».
