SALUD Y ECONOMIA

Pocos conocen que hace exactamente 27 años empecé a transitar el camino del estudio y análisis de la Economía y Gestión de la Salud, una subdisciplina de la Economía que indaga sistemáticamente sobre las interrelaciones entre el status de salud de una población determinada y la actividad económica, sin dejar de observar la organización institucional que influye sobre la conducta de los actores de un subsistema sanitario. Esto demuestra que, a diferencia de lo que afirma a menudo el Presidente Alberto Fernández por estas horas en el sentido de que “entre la economía y la salud” elige la segunda, justificando así su decisión de “sugerir” -al borde de imponer- la cuarentena nacional durante 3 semanas – o más- ante la inminencia de un contagio masivo por coronavirus que haría colapsar el sistema asistencial argentino, la economía y la salud no tienen por qué ser analizadas en términos de oposición binaria, sino que bien pueden complementarse.

Hay que destacar que la Economía y las Ciencias de la Salud tienen mucho más en común de lo que muchos detractores de ambos bandos, se encargan de socavar. Ambas son disciplinas positivistas, con claros objetos de estudio, con métodos rigurosos, que suelen apegarse a las estadísticas y favorecen la precisión de sus estimaciones, de utilidad para la toma de decisiones. Tal vez, la única gran diferencia es que en la Economía rige, como en ninguna otra, el principio de la escasez mientras que para la Medicina, hay una mayor inclinación a preocuparse por las necesidades ilimitadas de los humanos sin tener la misma actitud frente a los recursos.

A propósito de ello, será ilustrativo qué conclusiones pude haber extraído, tras un breve paso por la Fundación Libertad de Rosario (1989-1993), de aquella lejana experiencia profesional que duró desde aquel año hasta mi desvinculación de la Asociación de Clínicas, Sanatorios y Hospitales Privados de la Ciudad de Rosario en 2001, incluyendo una formación anual en gestión de recursos humanos en la Universidad Diego Portales, en 1995, en Chile, donde me tocó estudiar, financiado por el Grupo Villavicencio, el innovador pero polémico sistema Isapre. Mucho de lo que aquí comentaré, tiene una estrecha relación y por ende, vigencia, respecto al actual momento que vivimos, en torno a la “guerra” declarada contra el COVID19.

Fundación Libertad de Rosario, Foro de Salud, 2013.

La principal motivación que me guió para trabajar durante 8 años en un sector laboral hegemonizado por médicos, con todo lo que ello supone, tenía relación con mi presunción de que “la salud pública” no necesariamente mejora por el crecimiento de recursos y que muchos de sus resultados estaban vinculados con comportamientos individuales y reglas de juego que sí direccionaban positiva o negativamente a los actores.

Claramente, mi visión debía inscribirse a un debate histórico abierto entre sanitaristas y economistas. En el primer grupo, entre otros, lucía el actual Ministro de Salud de Fernández, Ginés González García (GGG), con su naciente Instituto Isalud -hoy Universidad privada-, con el apoyo de médicos públicos -casi todos, con doble empleo en el sector público-, profesores de las carreras de Medicina del país y por supuesto, paramédicos. En el segundo grupo, se alineaban economistas ajenos al sector salud, ocupados en think tanks como FIEL, Fundación Mediterránea-IERAL e IDESA, totalmente incomprendidos por el “mainstream” y quienes manejaban históricamente la organización institucional de la salud argentina. Mónica Panadeiros, Jorge Colina, Roberto Tafani, Osvaldo Giordano -hoy Ministro de Finanzas de la Provincia de Córdoba, entre otros, fueron algunos de los exponentes de ese importante conjunto de académicos que realizaron investigaciones pioneras en aquel campo.

Cabe destacar que aliados o rivales de los sanitaristas, aparecían los sindicalistas. Hay 4 modelos de organización de salud en el mundo: estatal y gratuita como el National Health Service británico, Canadá y media Europa, entre otros Italia y España, con gasto público per cápita inferior al promedio mundial, nula libre elección y resultados de health status mediocres; como opuesto, el privado, basado en seguros privados y actuariales de salud, vigente en Estados Unidos como país federal, con tecnología de punta y profesionalismo de primer nivel y el subsistema Isapre en Chile; una gran variedad de países en el medio, con sectores estatales y corporativos (ONGs), en desmedro de la medicina privada y, Argentina, el único país en el mundo donde hay una enorme fragmentación institucional: hospitales públicos, medicina privada diferente a la norteamericana y chilena pero sobre todo y ésa es su originalidad, un subsector financiado por los trabajadores formales y dirigido por sindicatos -y sindicalistas multimillonarios-, sin ningún control estatal válido.

Cuando el gobierno de Carlos Menem (1989-1999), sobre todo en su segundo mandato, bajo el liderazgo de Domingo Cavallo, su Ministro de Economía, pretendió encarar una reforma integral del sector salud, a los fines de rediseñar su organización, para hacerla más compatible con el modelo general que se intentaba aplicar, al estilo del ejecutado en Chile antes, aunque conservando algunas características de nuestro esquema autóctono, prácticamente no tuvo aliados y por lo tanto, su intento quedó condenado al fracaso. Apenas algunos técnicos e intelectuales se pusieron al frente de la formulación y ejecución de las políticas propuestas, con Cavallo como ariete, en un gobierno como el de Menem, al que también apoyaban los sindicalistas, pero incómodos y solapadamente enemigos de las primeras.

Es que la reforma de salud, la tercera en discordia, tras el éxito de la previsional (AFJP) y la de accidentes de trabajo (ART), apuntaba al corazón de la “caja” que financiaba a los gremialistas desde el “onganiato” militar (1966-1970): de allí su férrea oposición, a la que se sumaron médicos empleadores de prestadores privados, insuficientemente convencidos de las bondades del nuevo modelo y muy recelosos de la entrada de bancos y compañías de seguros al mercado de la salud. Todo el esquema propuesto por Cavallo, lejos de suponer un adelgazamiento del sistema, implicaba una eficientización, una transparencia inédita e incluso mayor cobertura, más auténtica que la histórica, además de direccionar fondos públicos a la demanda y no a la oferta, pero todo ello obligaba a una fuerte y poco deseable reacomodamiento de todos los actores, sobre todo en términos de gestión, calidad y evaluación ex post.

En esa instancia, entonces, quedó demostrado que uno de los sectores laborales más refractarios a toda reforma institucional, es el de salud, junto con el educativo. Tal conservadorismo no tiene relación con un buen desempeño, ni siquiera la solidaridad que decía y dice ofrecer el sistema. Por el contrario, insume muchísimos recursos y los resultados son muy mediocres, con tendencia a empeorar: enfermedades infectocontagiosas que reaparecen como el sarampión, otras nuevas como el dengue, que ilustran sobre lo mal que se trabaja en términos epidemiológicos; corrupción en todos los niveles -el seguro de jubilados (PAMI) es el ejemplo más demostrativo-; desigualdad notoria en el consumo médico y acceso a recursos -sobran galenos y aparatología en algunas regiones y escasean en otras-; el sistema no fomenta conductas saludables en la población: ha crecido la mal nutrición y la obesidad, más allá del hambre puntual que puede aquejar a alguna franja de la población en algunos conurbanos (Buenos Aires, Chaco, Formosa).

No obstante ello, de manera autista, GGG solía remarcar -como hoy- que el argentino es “un modelo en el mundo” -lo cual puede ser cierto en términos temporales y parciales -geográfica y tecnológicamente- y dependiendo de qué y dónde hablemos- y que todos sus problemas se remitían a un indeseado protagonismo médico y un exceso de consumo de fármacos, por parte de nuestra población, en función de la naturaleza oligopólica de la industria farmacéutica, donde compiten la nacional -afín a GGG- y la extranjera (norteamericana y británica). Ese fue su gran “caballito de batalla” -sin que nada científicamente lo corroborase- que lo prestigió ante sus pares y políticos (peronistas y radicales) para mantenerse en el candelero durante 3 décadas.

Estos antecedentes y su actitud soberbia explican en gran medida, la subestimación con que el propio Ministro tomó el caso del coronavirus: a fines de enero pasado, negó que la enfermedad llegaría a Argentina y ahora, influye sobre Fernández como nadie en el gabinete para que prorrogue la cuarentena obligatoria, porque teme que el número de contagios tarde o temprano haga explotar el sistema de salud que él siempre se negó a reformar en serio. Lo hace sin medir las consecuencias económicas pero también las sanitarias de semejante paro productivo y comercial: depresión por el encierro y eventual desempleo, fobias varias, violencia doméstica, trastornos por convivencia con niños y pareja, sedentarismo, etc. En una población psicoanalizada en exceso como la argentina, en condiciones “normales”, las sugerencias de GGG suponen un agravamiento de toda la situación y una enorme regresión en el “health status” de la ciudadanía.

Claro, por el contrario, debiera razonar que esta batalla puede empatarse al menos si se hace lo que nunca se intentó siquiera: que ese “elefante” sanitario que funcionó siempre fragmentadamente, sin coordinación institucional alguna, empiece a actuar con una racionalidad planificatoria de la gran cantidad de recursos -no insuficientes- con los que cuenta, que lo ponga al servicio de la salud pública. Así Fernández se dará cuenta que economía y salud van de la mano, no enfrentadas.

Máxime al gobernar un país donde el 40 % del mercado laboral se halla en la informalidad y la mitad de la población, sobre todo, niños, vive en situación de pobreza e indigencia. Para ellos, la economía no puede esperar y su propia salud depende de ella. Acaso sólo una propuesta sistémica que apuntale un proyecto de largo plazo orientado a maximizar este valioso capital humano, hoy marginado y excluido y donde la libertad de opciones, con un marco institucional estatal que las regule sin asfixiarlas, garantizando equidad, pueda devolverles la dignidad y oportunidades que ninguna cuarentena obligatoria les facilita.

COVID-19: FUKUYAMA, ONCE AGAIN

The end of history will be a very sad time. The struggle for recognition, the willingness to risk one’s life for a purely abstract goal, the worldwide ideological struggle that called forth daring, courage, imagination, and idealism, will be replaced by economic calculation, the endless solving of technical problems, environmental concerns, and the satisfaction of sophisticated consumer demands. In the post historical period there will be neither art nor philosophy, just the perpetual care taking of he museum of human history. I can feel in myself, and see in others around me, a powerful nostalgia for the time when history existed. Such nostalgia, in fact, will continue to fuel competition and conflict even in the post historical world for some time to come. Even though I recognize its inevitability, I have the most ambivalent feelings for the civilization that has been created in Europe since 1945, with its north Atlantic and Asian offshoots. Perhaps this very prospect of centuries of boredom at the end of history will serve to get history started once again”.

This was the final paragraph of his famous article “The end of history?” in The National Interest, summer 1989.


ANOTHER “DARK AGE”?

Todos recordamos -y criticamos- el optimismo ingenuo de Fukuyama cuando anticipó el “fin de la historia” en “The National Interest” en 1989. Pero al mismo tiempo, en esa ocasión, el célebre pensador también pronosticó algunos de los flagelos que podrían difundirse de la mano de la globalización, entre otras, las pandemias, ocasionadas precisamente por la libre circulación de personas (viajes por todo el mundo).

La llegada del coronavirus (COVID-19) el 21 de enero de este año a China y su expansión al resto del mundo, nos remite a aquella advertencia. Al igual que el SARS (2003), la gripe A (2009), el Ebola -más vinculado a Africa- (2014) y otras epidemias globales desde los años noventa, el nuevo virus ataca poblaciones de ancianos, en países con escasas defensas sanitarias donde se entra en pánico, apenas los gobiernos -como el argentino- que sobrestimaban el problema, empiezan a ser reaccionar tardíamente.

Mientras China y Corea del Sur, con culturas colectivistas, por ideología o cultura, pudieron sobreponerse a los fracasos iniciales, España e Italia mostraron sus debilidades estructurales y Reino Unido, en una muestra más de alarde nacionalista, exhibió una conducta díscola fomentando “la inmunidad del rebaño”, evitando medidas extremas como las de la mayoría: confinamientos tipo cuarentenas, restricción de circulación, cierre de fronteras, inactividad forzada, suspensión de espectáculos públicos, delación de incumplimientos individuales.

Cualquiera sea la duración del problema, el impacto económico global es notorio: caída de bolsas, depreciación de activos. Pero más allá de ello, lo que cuenta, a la hora de evaluar conductas morales, es el efecto psicológico. Quizás estemos en el momento bisagra de la pandemia: o se detiene o se agudiza aún más, con consecuencias impredecibles.

Pero el miedo, por las lecciones que recogemos de la historia, no trae buenas noticias. Por el contrario, cuando las sociedades son atacadas por ese “otro mal”, se exageran los costos y el problema original, lejos de acotarse, se expande. La desconfianza se espiraliza y se sobrecarga la labor estatal, sin alcance ni margen suficientes para resolverlo. Como en muchos otros órdenes, por ejemplo, la guerra contra el terrorismo, a partir de 2001, el pánico no fue buen consejero. Algunos demonios novedosos aparecieron y aún es muy dificultoso extirparlos.

Tampoco creer que apelando al llamado a la solidaridad o la “conciencia social”, utilizando recomendaciones de políticas compulsivas sobre la población, como si todos fuéramos orientales, podrá ganarse en eficacia, es caer en otra ingenuidad. El “yo me quedo en casa” puede generar problemas adicionales, como los contagios intrafamiliares o mayor debilidad inmunizatoria.

Es que a diferencia de hace un siglo atrás, la viralización de la información gracias a las nuevas tecnologías, nos permite estar mucho más atentos y ágiles para reaccionar ante un “enemigo invisible” para el cual todavía no hay vacuna. Mientras tal difusión no se convierta en psicosis contraproducente, el equilibrio en materia de prevención, sin caer en sobreactuación, puede tener externalidades más positivas.

EN EL MUSEO DE ARTE POPULAR (MAP)

Denominado José Hernández, en honor al creador del “Martín Fierro”, la obra literaria cumbre de la Argentina, pudimos recorrerlo y disfrutarlo en una tarde de marzo.

Entre otras obras de valor, apreciamos las pinturas de Florencio Molina Campos (1891-1959), el gran artista de temáticas gauchescas.

Este pintor argentino, algo discutido por su estilo heterodoxo, pero original por sus cuadros tan descriptivos de las pampas argentinas, llegaría a contactarse con el mismísimo Walt Disney.


LA PAZ DE PALERMO

A muchos en el interior en Argentina, les cuesta entender que en la Ciudad de Buenos Aires pueda vivirse sin stress, contaminación sonora o sencillamente locura: con sólo ver algunas personas en la calle, hablando sólas o mal vestidas, uno podría también recoger esa imagen. Pero a la gran cantidad de barrios de la propia urbe, verdaderas “miniciudades” con plenitud de servicios, donde puede vivirse apaciblemente, aún con alguna inseguridad, existe un lugar al que sólo lo perturban -o acompañan placenteramente-, el ruido de las turbinas de los aviones o el motor de los trenes chinos.

Es que cerca del Aeroparque Jorge Newbery y de las líneas del Ferrocarril Belgrano, se levanta el Parque 3 de Febrero, uno de los que conforman los llamados “bosques de Palermo”. Con más de 80 hectáreas, es uno de los espacios verdes más importantes de Buenos Aires, después de la Reserva Ecológica Costanera Sur.

Unas 200.000 personas, entre vecinos de la ciudad y turistas, lo visitan cada semana para hacer picnics, sentarse en bancos para tomar mates o para practicar deportes o simplemente “running”. Fue creado en 1874, por orden del Presidente Domingo F. Sarmiento, se inauguró en 1875 y su diseñador fue el gran paisajista Charles Thays. Incluye lagos artificiales que pueden recorrerse en bote o en bicicletas de agua.

En el ecosistema del parque, se han avistado 197 especies de aves, entre autóctonas, introducidas, liberadas y/o escapadas del tráfico de fauna. De estas especies, 34 hacen uso intensivo de los lagos.

Una de las especies más “populares” de los bosques, incluyendo el Rosedal, además de los patos, es el ganso. Hubo 1.200 en algún momento hace unos años, aunque ahora quedan unos 120, porque son muy agresivos con otros pájaros y depredan el césped, por lo que tuvieron que ser reubicados en otras zonas de la ciudad.

Se han calculado 11 especies acuáticas: 8 de peces, 2 de bivalvos, un camarón y una anguila. Hay más de 5.500 especies vegetales. Viven en los lagos, dos especies de tortugas acuáticas y una especie de nutrias.



EN EL CORAZON DE LOS BARRIOS PORTEÑOS

León “Lío” y Berta Festinger constituían un matrimonio de larga data que vivían como miembros de la comunidad judía de Buenos Aires -la más importante tras la de Nueva York, en el tradicional y coqueto barrio de Villa Crespo. Lío era taxista, era propietario de un Ford Falcon al que mantenía en buena forma y con él viajaba con su esposa al resto del país, incluyendo mi Santa Fe, a la que iba cada fin de año, a festejar con nuestra familia y la suya, siendo Ester, su sobrina entrañable, la hija de su hermano nacido en New York Estados Unidos, mi tío Benny, mi prima hermana, nacida el mismo día que yo. Tenían un hijo único, Mario, quien ya adulto, en 1988, probaría suerte en Canadá, donde escalaría hasta tener su propia empresa retroexcavadora de nieve, contratada para jardinería. En 2007, volvería al país para instalar su propia joyería en el mismo barrio.

Un taxi típicamente porteño de los años sesenta

Hoy, los judíos están en retirada en Villa Crespo (81.000 habitantes), conservan pocos negocios debido al avance chino pero nadie podrá negar cómo esta comunidad llegó y creció en ese barrio porteño como “Lío” y Berta y tantos otros de clase media, con su casa propia, con su seguro médico, jubilación, auto, veraneo, etc.

Villa Crespo también alberga un club de fútbol, como Atlanta. Allí, actores como Osvaldo Miranda o más recientemente Sebastián Wainrach, profesores universitarios como Eduardo Slomiansky, economistas ligados a la “city” y la banca como Miguel Angel Broda, cada 15 días, concurren los sábados a ver a su equipo favorito sufrir en las categorías de ascenso. Tuvo su época de gloria en los setenta, cuando se codeaba en la “A” con Boca y River -y mi Colón-, con jugadores de jerarquía como Gómez Voglino, el “Turco” Ribolzi, Omar Atondo y un goleador de raza, como Delio Onnis, célebre en Francia, en la misma época donde la clase media “bohemia” tenía un buen nivel de vida.

El mismo que tenían los habitantes de La Paternal (20.000 hab.), con su famoso Asociación Atlética Argentinos Juniors, donde nació Maradona y vivieran entre otros célebres como el ucraniano “César Tiempo”, el actor Pedro Quartucci y los músicos, el tanguero Osvaldo Fresedo y el rockero “Pappo” ; Caballito (176.000 hab.), con su Ferro Carril Oeste; Floresta (38.000 hab.) con All Boys; Mataderos (64.000 hab.) con Nueva Chicago y Villa Luro (33.000 hab.) con su Vélez Sarsfield. Todos disfrutaron de la misma época de progreso y bienestar. Careciendo de clubes de fútbol tan populares y ganadores, otros barrios como Villa Ortúzar (22.000 hab.), Colegiales (53.000 hab.) y Chacarita (28.000 hab.), este último archirrival de Villa Crespo y al que Borges le dedicara mucha atención en sus libros, muestran fisonomías e historias semejantes. Con sus bares, bazares, panaderías, talleres, librerías, gomerías, mercados, ferias, pescaderías, negocios de quiniela, lavaderos, inmobiliarias, mercerías, etc., acrecentaron sus patrimonios aún en un contexto macroeconómico tremendamente adverso como el argentino, pletórico en inflación alta persistente, devaluaciones y confiscaciones.

Mural dedicado a Maradona en la Calle Alvarez Jonte a una cuadra del Estadio que lleva su nombre.

Claro, a mí no me satisfacen las explicaciones que se precian de científicas intentando enrostrarle al menemismo globalizador, el deterioro social que vivió a partir de los años noventa, dicha clase media otrora tan pujante. Para ser justos, no hay que olvidar tampoco que los porteños tuvieron servicios públicos durante décadas hasta alcanzar la autonomía como Ciudad tardíamente en los noventa y de modo gradual, como la justicia (federal), policía (ídem), transporte (subte, colectivos, trenes), que fueron financiados subsidiariamente por el resto de los argentinos, por el sólo mérito de albergar la capital del país.

Hoy, en favor de ella, el distrito más rico de la Argentina, por ser la sede o matriz de muchas empresas poderosas, ya ha logrado una gran autosuficiencia que depara un enorme debate en torno a sus recursos propios y beneficiarios de sus políticas públicas. Cabe recordar que la ciudad recibe día a día, millones de personas provenientes del conurbano bonaerense, que trabajan en ella, se atienden en sus hospitales, usan su transporte, etc. sin aportar un peso, lo cual genera otra inequidad.

Algunos subsectores de ella pudieron haber sufrido algún traspié, incluyendo los jubilados aunque ello no es atribuible por supuesto sólo a esta barriada porteña, pero el grueso pudo evitar la caída, lo cual es fácil de percibir hoy con sólo pasear por dichos barrios. La creciente marginalidad, con villas al interior de algunos de ellos, como la Villa Fraga; la delincuencia al estilo “punguismo”; el avance cartonero; el cierre de comercios, etc., no ha sido mayor en estos barrios que en otros. Hoy, el Parque Centenario refleja en parte, esa decadencia, con la presencia de muchas parejas jóvenes con niños, con un lenguaje, vestimenta y códigos que distan mucho del que uno está habituado a escuchar o ver en zonas como Palermo, Recoleta o Belgrano.

Ese mismo Parque en los alrededores, presenta a diario, una buena cantidad de puestos de vendedores de libros usados, el cual es un indicador más de la impronta cultural y artística de estos barrios porteños. Alberto Fernández, el actual Presidente argentino, es un vecino connotado de La Paternal y como él, hay muchos académicos, intelectuales, creativos, etc. que terminan generando un contraste enorme -uno más- con algunas ciudades del interior del país, donde puede existir cierto vigor productivo e industrial pero ambientes carentes de vida cultural.

Tampoco el Estado ha retrocedido. Hay una sucursal del Banco Nación cada 10 cuadras, hay policía de la Ciudad más la Federal patrullando calles y veredas, el Gobierno de Rodríguez Larreta ha embellecido parques y paseos, construido viaductos, limpiando áreas abandonadas como los alrededores del Cementerio de la Chacarita, aunque siga viviendo una familia entera allí, al lado de los muertos célebres allí (Gardel, Vandor, Rucci, Calabró, Pugliese, “Tita” Merello, Guy Williams “El Zorro”, Ariel Ramírez, Quinquela Martín, Sandrini, Troilo, Olmedo, Porcel, Gilda, Cerati, Bonavena, etc.) y “fantasmas”.

Incluso el mercado no les dio la espalda. El “boom” de Palermo derramó hacia estos barrios citados, sobre todo los más cercanos. Hubo negocios tradicionales que se reciclaron o especializaron. La Avenida Warnes, célebre en el país por su enorme oferta repuestera para autos y camionetas, continúa con vida y hasta parece revitalizada de la mano de Toyota y otras marcas extranjeras. Pudieron venderse casas o edificios para que se instalen allí gigantes de los medios como Fox Sports, radios como la de Luis Majul, empresas discográficas que crecieron después de 2001 y hasta Universidades privadas.

De acuerdo a la fría estadística, la ciudad de Buenos Aires tiene un ritmo inmobiliario cambiante, fluctuante, incesante pero demográficamente estable. En las últimas siete décadas, su población se mantiene incólume en 3 millones de habitantes. Una muy baja tasa de natalidad, una inmigración que se mantiene alrededor de 15 % de la población -mucho menor que la de inicios del siglo XX- y una esperanza de vida muy elevada lo cual revela un profundo envejecimiento, explican aquella estabilidad. Barrios enteros como Puerto Madero se han sumado pero están dedicados a la inversión inmobiliaria, hotelería y alquiler selectivo para turistas. Muchos porteños de clase alta han emigrado hacia la zona norte (Vicente López, Olivos, Tigre, Pilar, etc.). Lo que ha crecido enormemente es el primer cordón del conurbano (Avellaneda, Lanús, La Matanza, Quilmes): ello explica la duplicación poblacional diurna de la Capital Federal, fácilmente visible en estaciones de trenes y buses como Retiro y Constitución. El corazón de la vieja Buenos Aires todavía permanece vigente en los barrios que hemos citado y descrito aquí: donde hay paz por las tardes, se baldean veredas y los vecinos toman mate en las veredas.

Los barrios citados con su medio millón de habitantes, son otra cara más de la diversa pero excitante Ciudad de Buenos Aires y por ende, del también variopinto país en el que nací. Ningún estereotipo ni tampoco explicación fácil sirven para describir su realidad. Pertenecen a una realidad nacional y urbana con una baja productividad pero al mismo tiempo, con una increíble vitalidad y hasta capacidad de reacción. La misma que me transmitían Lío y Berta cada vez que los veía. Ellos también son ejemplo de supervivencia en esta Argentina tan especial, a su manera.

ARGENTINA OPEN 2020

El tenis es mi deporte favorito y no podía dejar de estar en la inauguración del Abierto argentino, luego de nuestro paso por Hamburgo 2019.

En pleno corazón de Palermo, el Lawn Tenis Club, donde yo mismo jugara con mi ex profesor de tenis y diplomático retirado Darío Mengucci en 2017, es el escenario de este tradicional torneo.

Aquí ganaron Nadal, Ferrer, Moyá y Almagro, entre otros españoles, además del brasileño “Guga” Kuerten.


DECADENCIA U ORIGINALIDAD?

En algún momento, triunfó Fontanarrosa y se hizo “normal” el vocabulario con “malas palabras” o insultos sin ninguna necesidad, incluyendo los medios de comunicación. Hacerlo es sinónimo de creer que uno se identifica con la gente común y por lo tanto, tal popularidad garantiza ayor audiencia o “rating“.

En algún momento, el desapego a la palabra empeñada se transformó en habitual y entonces hasta fue festejada la transgresión. La conducta honorable ya no fue ejemplaridad y por el contrario, empezó a verse como objeto de burla.

En algún momento, la vulgaridad ganó espacio como nunca. En los videographs de los noticieros se visualizan errores groseros de ortografía. Los panelistas no convocados por sus experticias o saberes en un tema sin por otros atributos no necesariamente meritocráticos, gritan sin escucharse los unos y los otros. Pero también lo hacen las conductoras, como si estuvieran en su propio ámbito privado. Lo chabacano es ley porque no existe la mesura ni el autocontrol. El crimen de Villa Gesell ha ilustrado como nunca antes, esa hegemonía del exceso (atroz): tal vez estremezca, porque se trata de jóvenes de clase media.

Podría seguir con un listado de conductas o acciones que veo y analizo a diario, en la calle, en el trabajo, en los diferentes ámbitos públicos en los que nos movemos. Tal vez, al igual que el cine, la música rock nacional de los años dos mil, refleje mejor que nada, ese ocaso al que nos referíamos. Estos dos videos pueden ser ilustrativos de él, con la tolerancia a la indisciplina laboral y el culto a la apropiación de lo ajeno.

Algunos dirán que mi reflexión es la de un conservador nostálgico de tiempos que tampoco eran lo que “imagino” o que el cambio tecnológico o el reino de lo políticamente incorrecto, han ganado terreno no sólo en Argentina sino en el mundo, por lo que esta vulgarización que describo es generalizada.

También podría decirse que esta Argentina anómica, violenta y -paradójicamente- sin reacción, está encontrándose a sí misma, al desnudo, mostrando tras 36 años de democracia, lo que realmente es o, ha sabido construir, sin tutelajes de ningún tipo, a diferencia de otras sociedades. Esa es su originalidad, aunque duela.

EL VIENTO REINA EN EL FIN DEL MUNDO

Una cuenta pendiente era conocer Ushuaia, la ciudad más austral, la del “fin del mundo”, sí, el mismo que imaginó el gran Julio Verne en sus obras como “Los hijos del Capitán Grant” (1868), aunque tampoco puedo dejar de recordar la epopéyica “campaña del desierto” del General Julio Argentino Roca, los viajes de exploradores terrestres como Charles Darwin y Alexander Von Humboldt o marítimos como Hernando de Magallanes o sencillamente aventureros como el rumano Julius Popper o el francés Oriele Antoine de Tounens, que en el siglo XIX, se autoerigieron “reyes de la Patagonia”. Claro, son tierras lejanas, inhóspitas, hasta agresivas por la ferocidad del incesante viento y el frío penetrante, que este verano, se hizo notar como nunca.

El viento es diario, con mayor o menor intensidad, incluyendo ráfagas de 60 a 80 km. por hora. El sol, especial por el agujero en la capa de ozono, impacta de lleno en la piel humana, resecándola de manera anormal. El frío nocturno completa la agresividad del clima patagónico.

Ese viento pone a prueba la potencialidad del aprovechamiento de energía eólica, por ejemplo, cerca de la santacruceña Caleta Olivia (CO) y la chubutense Comodoro Rivadavia (CR). Es que la Patagonia, está toda atravesada por la tensión entre energías renovables y no renovables. Al lado del furor por Vaca Muerta en Neuquén, que elimina cualquier grieta entre kirchneristas y anti K, el petróleo y la minería, no así insólitamente la pesca, forman parte de la historia de incentivos naturales innegables que ofrece la Patagonia. El primero de ellos en CO y CR pero también la propia Tierra del Fuego.

Además de la enorme riqueza forestal e ictícola de la región, la fauna es célebre por su variedad: a las maras, las avestruces y guanacos que todos visualizamos a lo largo de la Ruta Nacional 3, a veces caminando, corriendo desaprensivamente y por ende, muriendo atropellados, podemos agregar a los petreles, albatros y cormoranes que acompañan en acantilados, a pingüinos, focas y lobos marinos que descansan y navegan a lo largo de la costa atlántica.

No dejé nunca en este largo viaje, con el que coroné el fin del 2019 y el inicio del 2020, de valorar el esfuerzo de argentinos, chilenos y hasta peruanos que viven en estas alejadísimas latitudes, en poblaciones minúsculas, casi insignificantes, comparables a ciudades o pueblos de envergadura media o pequeña de la “Pampa Gringa” argentina. Gente que a lo largo de décadas, ha emigrado de las regiones más pobres pero también de las más prósperas del propio país y vecinos, en aras de construir futuros más venturosos o con el fin de dejar atrás historias negativas.

Hablando de chilenos y peruanos, ellos están. Pienso en Rudy Ulloa, el chofer trasandino de Kirchner, hoy devenido en próspero empresario, dueño de radios, canales de TV y diarios de la zona, algo que comprobé, son demasiados para una zona tan despoblada como ésta. Claro, el mestizaje es abundante en la región: tiene un componente latinoamericano que se mezcla con el originario, haciendo el paisaje étnico –y geográfico-comparable al Perú cercano a Lima: el del sol permanente, las tierras secas, las arenas y el viento.

La diferencia es que aquí no venden en las calles o rutas: ya ciudadanos argentinos o residentes, son empleados públicos provinciales o municipales, regentean hoteles o trabajan como personal doméstico. Ya no emigran con el ritmo o la intensidad de los años sesenta o setenta, cuando Argentina era un paraíso al lado de Chile o Perú. Hoy, la situación se ha emparejado a favor de ellos pero igualmente, cuando se suscitan nuestras ya habituales crisis cambiarias, ellos se vienen. Es sintomático que haya una delegación nacional de Migraciones en Río Gallegos, ciudad cercana a los dos pasos limítrofes con Chile en dicha Provincia tan cara a los afectos kirchneristas.  

CR es una ciudad progresista pero desigual por el petróleo. Ofrece una renta per cápita elevada pero mucha gente vive en sus alrededores en barrios más bien periféricos. Forma parte de la costa chubutense, marcadamente diferente del Parque Nacional Los Alerces (Futalaufquen, Verde, Rivadavia, Menéndez, Krugger, etc.) que allende a la cordillera, resguarda a ciudades como Esquel y Trevelín. A esa zona, la recorrí embelesado por sus paisajes “suizos” hace 3 décadas, como mochilero, con el hoy médico residente en Badajoz (España) Germán Lucini, su hermano profesor de educación física, Raúl, el también galeno (santafesino) Ignacio “Nacho” López Candioti, el traumátólogo rosarino Javier Sosa Escalada, que nos dejó sin una carpa a mitad del viaje y otros compañeros.

Aunque parezca mentira, hay lugar aquí para realidades semejantes a las europeas. Por lo menos, así las percibieron los pioneros galeses que se instalaron a partir de 1865, en Trelew, Madryn y Gaiman. Ellos habrán imaginado las costas patagónicas semejantes a las de las Islas Británicas, para luego traer sus hábitos europeos, como las tortas y té galeses.

Vinieron a estas tierras cuando el General Julio Argentino Roca buscaba expulsar a los indios, de una manera mucho más eficaz que lo intentado décadas atrás por el gobernador bonaerense Juan Manuel de Rosas. Criticado en Córdoba por genocida y demás, Roca aquí llevó y llegó la civilización de su mano, expulsando a los indios (yámanas, onas y patagones), entregando a los campos extensos a militares y familias allegadas, etc. No fue el patrón civilizatorio del Lejano Oeste norteamericano. Aquí no hay que dejar de mencionar la intención chilena de ocupar y poblar la Patagonia. Lo que hizo Roca fue un ejercicio pleno de soberanía, más allá de las teorías conspiracionistas con las que nos hemos habituado los argentinos desde la infancia y que alguna vez citó Carlos Escudé creyendo que son nuestros vecinos los expansionistas cuando tal vez en la realidad, sea exactamente al revés.

Estatua de Julio Argentino Roca en Río Gallegos

Los habitantes patagónicos han gozado de subsidios varios (consumo de gas o naftas) o la promoción industrial de la electrónica y electrodomésticos, que financian el resto del país, pero resulta claro que el crecimiento de la población ha sido mínimo: Argentina en las 3 últimas décadas de democracia, jamás ha promovido ninguna política eficaz y de largo plazo que le diera al lejano sur, la importancia estratégica que merece. Todo lo cual por supuesto, descompromiría el enorme desequilibrio estructural regional que hoy favorece tanto al conurbano bonaerense.

La infraestructura argentina es mínima, siendo cada vez más reemplazada por el clientelismo de intendentes y gobernadores. Los funcionarios nacionales de Obras Públicas, dependientes de Mario Meoni, ahora serán los interlocutores de los “zares” patagónicos: polideportivos, asfaltado de calles, alumbrado de calles, gas natural y agua potable, autovías provinciales. Claro, con poca transparencia, con desigualdad ante la ley (intendentes y gobernadores amigos versus rivales), con montos per cápita absolutamente desproporcionados. Esa “película” ya la vimos con De Vido y su favoritismo a Leones en desmedro de Marcos Juárez en Córdoba: ahora con Martín Gill, viviremos una historia parecida, pero con miles de intendencias a nivel nacional.

Mientras tanto, el debate de qué hacer con la Patagonia, por qué y para qué tenerla, qué hacer con sus poblaciones famélicas mientras seguimos poblando el conurbano bonaerense para favorecer al peronismo, podrá continuar ad infinitum, mientras se consolida la tendencia unitarista del país.  


Párrafo final para los Kirchner. Ellos vivieron e hicieron política en el sur, sobre todo por su demagógica campaña por los Hielos Continentales en los noventa y dos mil y obviamente, en el feudo de la Provincia de Santa Cruz. No fui testigo de una sóla obra pública ni siquiera en Río Gallegos que demuestre o justifique tantos años de gestión tanto de Néstor como Intendente y Gobernador como de CFK como senadora nacional en la etapa previa a ellos en la Presidencia de la Nación. Algo que realmente confirma mi hipótesis de que en Argentina, no es la eficiencia o responsabilidad en la gestión pública la que legitima gobiernos o reelecciones de políticos en los máximos cargos, sino el liderazgo de las redes clientelares financiadas con recursos nacionales (por ejemplo, en la Patagonia, regalías petroleras). Esa fue la “virtud” de la familia Kirchner para lograr el poder, mantenerse en él y acrecentarlo hasta arribar al corazón federal, Buenos Aires en 2003, de la mano del antimenemismo de la familia Duhalde.

He aquí el mausoleo de Néstor Kirchner en la ciudad de Río Gallegos.

A modo de despedida, luego de mi quinto viaje a la Patagonia, recordando el patrimonio universal de estas tierras majestuosas del “fin del mundo”, le recomendaría a Greta Thunberg que se haga una escapada a esta región tan lejana, incluso que se llegue a la Isla de los Estados como lo hizo Mario Markic “En el camino” y redescubra in situ, el sentido de su lucha ecologista, en lugar de elegir el altar mediático de sus combates a los líderes mundiales.

Allí, como me ha pasado a lo largo de todo este formidable último periplo, podrá entender quizás, incluso el sentido de la vida, el mismo que desde la lejana Francia, el genial Julio Verne supo imaginar en “El faro del fin del mundo” (1905).

Porque tal vez, el fin sea el inicio de todo.


EN AQUEL CASTILLO SUECO

Allí empezó la historia. En aquel castillo medieval de Borgholm abandonado tras un incendio de 1806 y situado en la isla sueca de Oland, en las costas del Mar Báltico. Allí empezó a escribirse en letra de molde, globalmente, el éxito musical de la segunda banda sueca más famosa, tras ABBA, Roxette, formada como dueto, por la maravillosa voz de Mare Fredriksson y la guitarra de Per Gessle.

En Borgholm, tras un par de videos filmados en tiempos del suceso de MTV, la dupla que había nacido en 1986, pudo ganar fama mundial, sobre todo al alcanzar los principales charts norteamericanos y británicos, a fines de lo ochenta y comienzos de los noventa.

El recuerdo de aquella música pegadiza, con baladas inolvidables, que marcaron años hermosos de mi vida, como el trienio 1990-1993, pero también de toda la generación X, se torna inevitable ahora, al saber que ya no podremos contar más con la presencia física en un escenario de la cantante principal, fallecida tras una larga enfemedad, la semana pasada. La misma que se animó a cantar descalza en Borgholm.

Claramente, “las cosas ya nunca más serán lo mismo”.